¿Locura o épica? La verdad sobre cruzar a nado el Orinoco y el Caroní

Un primer plano nítido de un nadador determinado con un gorro de natación negro con la bandera de Venezuela y el número 794, emergiendo del agua picada justo donde chocan las aguas oscuras del Caroní y las más turbias del Orinoco. Se le ve respirando con dificultad y enfocado en la orilla lejana de San Félix.

Recuerdo que una vez me paré en el Malecón de San Félix, miré la inmensidad de esa bestia marrón llamada Orinoco y pensé: «Hay que estar completamente demente para meterse ahí por gusto».

Y sí. Lo mantengo.

Para mí, esta es, sin duda, la prueba de natación en aguas abiertas más brutal y psicológicamente agotadora que existe; y si alguien te dice lo contrario, probablemente su mayor riesgo es nadar en la piscinita climatizada de su club.

Pero hablemos claro. El Cruce a Nado de los ríos Orinoco y Caroní no es una carrerita dominical de la que sales ileso.

La edición XXVI —sí, la que quedó inmortalizada en esas impresionantes tomas aéreas de DJI Vzla
— nos dejó algo muy claro: la gente de este país está hecha de otra madera. Imagínate la escena. Casi mil personas (996 almas de puro nervio) amontonadas en unas gabarras industriales gigantes, esperando el pitazo para lanzarse desde Barrancos de Fajardo, en Monagas, hacia el estado Bolívar.


El reto original son 3.100 metros. Aunque, curiosamente en esa edición, por culpa de nuestro viejo archienemigo climatológico El Niño y su sequía, la ruta se «acortó» a 2.980 metros. ¡Qué alivio, ¿no?! Claro, cuéntame más sobre cómo 120 metros menos hacen que nadar contra una pared de agua sea de repente «un paseo». Sarcasmo aparte, las tomas cenitales del dron muestran a los competidores como un enjambre diminuto luchando contra un monstruo de dos cabezas

Y aquí es donde entra la verdadera locura.

El río Caroní —denso, oscuro como el té negro y más frío— choca de frente con el Orinoco, que es caliente y terroso. Sus aguas no se mezclan de inmediato por diferencias de temperatura y densidad, creando una frontera líquida visualmente hermosa pero brutal para el cuerpo. En el medio de ese choque de trenes… estás tú, chapoteando y rezando a todos los santos para que la corriente cruzada no te mande sin pasaporte directo pa’ Trinidad y Tobago.

No es solo fuerza física, es cabeza

En mi experiencia evaluando retos extremos, he comprobado que el músculo más importante no son los hombros; es el cerebro. Cuando estás en el medio de esa inmensidad, tragando agua y el miedo aprieta, la cabeza te juega sucio.

Pero entonces te topas con tipos como el señor Víctor Quintero. Ochenta años. O-chen-ta. El don se lanzó al agua con más guáramo y actitud que cualquier chamo de 20. Y sí, la historia dice que la corriente lo sacó de curso y tuvo que abandonar la ruta; pero su pura presencia ahí, desafiando a la naturaleza, es un bofetón de humildad para todos los que a veces nos quejamos porque nos duele la rodilla al levantarnos de la silla.

Entonces… ¿Por qué lo hacen?

¿Por qué dejar el confort de un domingo en la mañana para aguantar el chalequeo de una corriente traicionera?

La respuesta es conexión. Pura y dura. Hay un instante mágico en el nado de aguas abiertas donde ves lo grandioso de la naturaleza, los botes dando vueltas como pastores cuidando a sus ovejas y la gente en el malecón esperando. Esa emoción traspasa la pantalla. Se te pone la piel de gallina. Llegar a la orilla, reventado, sin aire, desorientado, pero sentir la arena de San Félix bajo los pies… eso te convierte en leyenda para ti mismo.

Puede que haya imperfectos. Que a veces el sol te derrita antes de empezar o la logística tenga sus fallas. Érrar es humano, al final del día. Pero la mística profunda de este cruce… wow, eso no se lo quita nadie.

Meterse a domar a estos dos gigantes es la metáfora perfecta de la vida misma: es impredecible, te arrastra, te cansa. Pero si mantienes el ritmo y sigues braceando, eventualmente, llegas.

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