En mi experiencia llevando el pulso al límite y cronometrando cada sesión en mis propios circuitos de runinng—y mira que he sudado la gota gorda saltando raíces y piedras—, creo entender lo que significa empujar el físico hasta el fallo. Te mentalizas, controlas la respiración, avanzas. Pero… ¿lanzarse a nadar entre las corrientes traicioneras del Orinoco y el Caroní?
Eso, mis panas, es un nivel de locura completamente diferente.
Si me preguntan a mí, cruzar desde Barrancos de Fajardo hasta el Malecón de San Félix esta es la peor opción para un deportista novato por una sencilla razón: ese choque brutal de aguas oscuras y terrosas te exprime cada gota de voluntad. No es un charquito, es un monstruo de dos cabezas.
Hablemos de la mítica edición XXIX del 2019, que dejó tela que cortar. Un evento enorme, sí, pero como todo en nuestro hermoso y caótico contexto, tuvo su sazón. Por un lado, una logística que desplegó a 90 personas en el agua y la tierra para vigilar el nado. Por otro lado, la clásica ironía venezolana… Resulta que varios atletas foráneos casi se quedan por fuera del evento porque la plataforma del banco se colgó al momento de transferir la inscripción. Classic.
Pero a la final (sí, «a la final», porque a veces el estrés nos quita hasta la gramática) se inscribieron 220 valientes. De esos, 197 tuvieron el guáramo de tirarse al agua briosas pasadas las 6:30 de la mañana.
¿El botín? Unos astronómicos 13 millones 600 mil bolívares a repartir. En 2019, todos sabemos lo que significaba la palabra «millones» en nuestra economía —te comprabas un café y medio—; pero el que se queja no gana, y de paso había un jugoso premio especial si el ganador resultaba ser guayanés. Spoiler: el premio mayor se fue de viaje.
Juventud, divino tesoro (y con pulmones de acero)
Aquí es donde tomo partido y me quito el sombrero. Los ganadores absolutos del evento apenas tenían 18 añitos. Unos chamos que dejaron en ridículo a más de un veterano.
Ronaldo Zambrano, un merideño que nadaba con el corazón de Nueva Esparta (Club Indómitos), pulverizó el cronómetro oficial marcando unos absurdos 35 minutos y 31 segundos. Le sacó 22 segundos de vida a Juan Martínez, su rival más cercano. Una bestia en el agua.
Por el lado de las chamas, Sofía Pascuzzo —del Club La Trinidad en Miranda— demostró de qué titanio están hechas las mujeres de este país. Se llevó la corona femenina parando el reloj en 41:56. Ni el choque térmico de los ríos la frenó.
La verdadera grandeza no necesita ver la meta
Pero si de verdad queremos conectar con la médula de este reto, olvídense del podio por un segundo. Imagínense estar ciegos frente a dos de los ríos más inmensos del mundo.
José Félix Gómez, un atleta invidente, completó toda la travesía nadando braceada tras braceada, guiado únicamente por la voz y el acompañamiento de Alfredo Calvaresse. Esa imagen te hace un nudo en la garganta. Para mí, esa es la verdadera victoria del día.
Llegar a la otra orilla te enseña que el Paso a Nado no se trata solo de dinero o medallas. Se trata de retar a la naturaleza, de sobrevivir al sistema bancario caído y de demostrar que, contra toda corriente, seguimos nadando.

