De las aguas del Orinoco al asfalto líquido de Taiwán: El desafío del Breeze Canal

Nadadora con el traje de Venezuela emergiendo del agua durante la competencia del New Taipei City Breeze Canal Marathon Swimming. En el fondo se aprecian otras competidoras, boyas coloridas, el arco de meta y el horizonte de la ciudad bajo un día soleado.

Si estás acostumbrado a nadar en las costas de Sucre o a medirte en el cruce de nuestros ríos, el Breeze Canal en Nuevo Taipéi te va a parecer un invento alienígena. No hay arena blanca, no hay salitre caribeño. Es un canal de remo artificial, recto como una regla, metido en el medio del Parque Luzhou Breeze, rodeado de concreto, humedad asiática y un calor que te aplasta antes de siquiera ponerte el gorro.

Y ahí es donde la cosa se pone interesante para los nuestros.

Nadar un maratón de 10 kilómetros en este canal (el mismo que puso a prueba a los mejores en la Universiada de 2017) no es un paseo dominical. El agua aquí es pesada. Al ser un entorno cerrado, no hay corrientes naturales que te ayuden ni olas que te den ritmo; eres tú, tu técnica y tu cabeza contra una pista acuática que parece interminable.

La garra criolla en un microondas asiático

Cualquier nadador venezolano que se respete sabe lo que es sufrir por el clima, pero Taiwán exige otro nivel de masoquismo. La temperatura del agua en el Breeze Canal puede convertirse fácilmente en una sopa tibia. Aquí no ganas solo por tener la mejor brazada; ganas porque tu cerebro decide no derretirse en el kilómetro siete.

Nuestros atletas de aguas abiertas tienen un doctorado en resiliencia. Cuando vienes de entrenar con las uñas, lidiando con piscinas que a veces no tienen los químicos al día o con logística armada a base de favores, llegar a una superestructura en Taiwán te genera un choque. Pero en el agua, todos somos iguales. En el agua, el que tiene más hambre, muerde más fuerte.

El circuito del Breeze Canal es engañoso. Los espectadores te ven clarito desde la orilla, caminando a tu lado con sus paraguas para el sol, mientras tú vas tragando agua y contando las boyas. Para los venezolanos que han dejado su marca en estas aguas, el verdadero triunfo no siempre es el podio; es demostrar que el talento que se forja en el caos sobrevive en cualquier parte del mundo.

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